Hipertensión arterial: qué es, síntomas y tratamiento

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Escrito por Dr. Pedro Pinheiro
Revisado y actualizado el 9 de agosto de 2026
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Información principal sobre la hipertensión arterial

La hipertensión arterial es el nombre que recibe la elevación persistente de la presión de la sangre en las arterias.

En general, se considera hipertensión cuando la presión medida correctamente en la consulta médica es persistentemente igual o superior a 140/90 mmHg.

Una única medición de 140/90 mmHg generalmente no es suficiente para confirmar la hipertensión. El diagnóstico debe confirmarse mediante nuevas mediciones o evaluando la presión arterial fuera de la consulta.

La hipertensión normalmente no provoca síntomas. El dolor de cabeza, los mareos, las palpitaciones o el malestar no son formas fiables de saber si la presión está elevada.

Cuando no se trata adecuadamente, la hipertensión aumenta el riesgo de accidente cerebrovascular (ACV o ictus), infarto, insuficiencia cardíaca, enfermedad renal crónica, lesiones de la retina y deterioro cognitivo.

Los cambios en la alimentación, el control del peso, la actividad física y la reducción del consumo de sal forman parte del tratamiento.

Las personas con hipertensión confirmada a partir de 140/90 mmHg generalmente tienen indicación de tratamiento farmacológico asociado a cambios en el estilo de vida.

Los objetivos del tratamiento pueden variar según el riesgo cardiovascular, las enfermedades asociadas y la guía utilizada. Para muchos pacientes se buscan valores inferiores a 130/80 mmHg. Las guías europeas actuales recomiendan, para la mayoría de las personas que reciben tratamiento y lo toleran bien, una presión sistólica de entre 120 y 129 mmHg.

Una presión muy elevada no significa automáticamente que exista una emergencia hipertensiva. La emergencia se produce cuando la elevación de la presión está asociada a una lesión aguda de órganos como el cerebro, el corazón, los riñones, la retina o los grandes vasos sanguíneos.

¿Qué es la hipertensión arterial?

La presión arterial es la fuerza que ejerce la sangre contra las paredes de las arterias mientras circula por el organismo.

Cuando medimos la presión arterial, obtenemos dos valores. Por ejemplo, una presión de 120/80 mmHg se compone de:

  • Presión sistólica: 120 mmHg, que representa la presión en las arterias cuando el corazón se contrae y bombea sangre.
  • Presión diastólica: 80 mmHg, que representa la presión en las arterias mientras el corazón se relaja entre los latidos.

La hipertensión arterial se produce cuando esta presión permanece elevada de forma persistente.

El problema no consiste simplemente en tener un número más alto en el tensiómetro. Cuando la sangre ejerce una presión excesiva contra las paredes de las arterias durante meses o años, esta sobrecarga mecánica puede provocar alteraciones y lesiones progresivas en los vasos sanguíneos. La pared arterial puede volverse más gruesa y rígida, y el revestimiento interno de los vasos puede perder parte de su capacidad normal para regular el flujo sanguíneo.

Con el paso del tiempo, estas alteraciones vasculares ayudan a explicar por qué la hipertensión aumenta el riesgo de infarto, ACV, enfermedad renal, insuficiencia cardíaca y otras complicaciones. Por este motivo, incluso cuando no provoca síntomas, una presión persistentemente elevada no debe considerarse inofensiva.

La Organización Mundial de la Salud y muchas otras guías internacionales consideran hipertensión arterial una presión medida en la consulta médica persistentemente igual o superior a 140/90 mmHg. Sin embargo, este límite no es universal: algunas guías utilizan valores a partir de 130/80 mmHg para clasificar la hipertensión. Por este motivo, un mismo valor de presión arterial puede recibir clasificaciones diferentes según la guía utilizada.

Esto significa que encontrar una presión de 140/90 o 150/90 mmHg en una única medición no es suficiente, en la mayoría de los casos, para afirmar que una persona tiene hipertensión.

El dolor, la ansiedad, el ejercicio físico reciente, el consumo de alcohol, cafeína o tabaco, la falta de reposo antes de la medición e incluso el uso de un manguito de tamaño inadecuado pueden modificar temporalmente la presión arterial.

La hipertensión puede aparecer a cualquier edad, aunque se vuelve progresivamente más frecuente con el envejecimiento. Su desarrollo suele ser el resultado de la interacción entre predisposición genética, edad, exceso de peso, alimentación, consumo excesivo de sal, sedentarismo, consumo excesivo de alcohol y otros factores ambientales y metabólicos.

La presión arterial alta puede permanecer sin causar síntomas durante muchos años. Sin embargo, durante este período, las alteraciones vasculares y la sobrecarga impuesta a los órganos pueden progresar silenciosamente, afectando principalmente al corazón, el cerebro, los riñones y los ojos.

La hipertensión primaria, responsable de la gran mayoría de los casos, no suele tener una cura definitiva, pero puede controlarse muy bien. En cambio, algunas formas de hipertensión secundaria, provocadas por una enfermedad o afección identificable, pueden mejorar considerablemente o incluso desaparecer cuando se corrige su causa.

Los criterios presentados en este artículo se refieren principalmente a los adultos. Los niños, los adolescentes y las mujeres embarazadas tienen criterios específicos.

Explicamos la hipertensión durante el embarazo en otro artículo: Hipertensión en el embarazo.

¿Por qué aumenta la presión arterial?

La presión dentro de las arterias depende principalmente de dos factores:

  1. La cantidad de sangre que el corazón bombea cada minuto.
  2. La resistencia que ofrecen los vasos sanguíneos al paso de esa sangre.

De forma simplificada, la presión arterial aumenta cuando el corazón bombea más sangre por minuto, cuando las pequeñas arterias están más contraídas o estrechas, cuando existe un exceso de líquido circulante o cuando las grandes arterias pierden elasticidad.

En la mayoría de las personas con hipertensión, estos mecanismos aparecen combinados.

Aumento de la resistencia de los vasos sanguíneos

Las arteriolas son vasos sanguíneos de pequeño calibre que poseen músculo en sus paredes y pueden contraerse o relajarse continuamente. De esta forma, el organismo regula la cantidad de sangre que llega a cada tejido y ayuda a controlar la presión arterial.

Esta contracción es un mecanismo normal. Durante una hemorragia o una situación de estrés, por ejemplo, el organismo puede contraer determinadas arteriolas para redistribuir el flujo sanguíneo y mantener la presión. Durante el ejercicio, algunas regiones también presentan vasoconstricción, mientras que los vasos de los músculos que están trabajando se dilatan para recibir más sangre.

Diversos mecanismos del organismo controlan el calibre de las arteriolas. Algunos hacen que estos vasos se relajen; otros favorecen su contracción.

En la hipertensión, este equilibrio puede desplazarse hacia la vasoconstricción. Las señales enviadas por el sistema nervioso, las hormonas que controlan la presión y las sustancias producidas por la propia pared de las arterias pueden hacer que las arteriolas permanezcan más contraídas de lo necesario.

Cuando esto ocurre, la sangre encuentra una mayor resistencia para circular, lo que favorece la elevación de la presión arterial.

Entre los mecanismos implicados se encuentran el sistema nervioso simpático y hormonas como la angiotensina II. Sin embargo, en la hipertensión primaria generalmente no existe una única alteración responsable del problema. Varios mecanismos suelen actuar al mismo tiempo.

Los riñones también desempeñan un papel importante en este proceso, ya que ayudan a controlar la cantidad de sodio y agua del organismo y participan en sistemas hormonales que influyen en el calibre de los vasos sanguíneos. Por este motivo, la hipertensión primaria suele ser el resultado de una combinación de alteraciones renales, nerviosas, hormonales y vasculares.

Cuando las arteriolas se contraen, su calibre interno disminuye. Como la sangre encuentra una mayor resistencia para atravesar estos vasos, es necesaria una presión más alta para mantener un flujo adecuado hacia los tejidos.

Este aumento de la resistencia vascular periférica es uno de los principales mecanismos responsables de la elevación de la presión arterial.

Es importante no confundir este estrechamiento funcional de las arteriolas con la «obstrucción» provocada por las placas de colesterol. Una persona puede tener hipertensión aunque no presente obstrucciones ateroscleróticas importantes.

Además, si la presión elevada y los estímulos vasoconstrictores persisten durante años, las propias arteriolas pueden sufrir un remodelado: sus paredes se vuelven más gruesas y la luz del vaso puede permanecer reducida incluso cuando el músculo no está contrayéndose activamente. De este modo, una alteración inicialmente más funcional puede acabar adquiriendo también un componente estructural, contribuyendo a perpetuar la resistencia vascular elevada.

Retención de sal y agua

Los riñones desempeñan un papel central en el control de la presión arterial porque regulan la cantidad de sodio y agua presente en el organismo.

Cuando el cuerpo retiene sodio, también tiende a retener agua. Esto puede aumentar el volumen de sangre circulante, aumentar el retorno de sangre al corazón y elevar la cantidad de sangre que este bombea cada minuto.

En las personas sanas, los riñones pueden compensar un aumento del volumen eliminando más sodio y agua a través de la orina. Sin embargo, en muchos pacientes hipertensos esta regulación está desplazada: el organismo necesita una presión arterial más elevada para conseguir eliminar adecuadamente el exceso de sodio.

Este mecanismo, conocido como presión-natriuresis, ayuda a explicar por qué los riñones son tan importantes en el desarrollo y mantenimiento de la hipertensión.

El consumo excesivo de sal también puede contribuir a la hipertensión mediante otros mecanismos, incluidas alteraciones de las pequeñas arterias, disfunción del endotelio y aumento de la rigidez vascular.

Lectura recomendada: Exceso de sal: por qué es perjudicial y cuánto consumir al día.

Aumento de la actividad del sistema nervioso y de las hormonas que controlan la presión

El organismo dispone de varios mecanismos para ajustar continuamente la presión arterial de acuerdo con sus necesidades.

El sistema nervioso simpático, por ejemplo, puede hacer que el corazón lata más rápido y con mayor fuerza, además de provocar la contracción de los vasos sanguíneos. Estas respuestas ayudan a mantener la circulación en situaciones como estrés, ejercicio, hemorragia o deshidratación.

Los riñones también participan en este control mediante hormonas. Uno de los principales mecanismos es el sistema renina-angiotensina-aldosterona, que puede contraer los vasos sanguíneos y hacer que los riñones retengan más sodio y agua, contribuyendo a elevar la presión cuando es necesario.

En la hipertensión, estos sistemas pueden estar excesivamente activados o regulados de manera inadecuada, contribuyendo a mantener los vasos más contraídos, aumentar el volumen de sangre circulante y mantener una presión arterial más elevada.

Pérdida de elasticidad de las grandes arterias

Las grandes arterias, principalmente la aorta, normalmente son elásticas y funcionan como un amortiguador de la presión generada con cada latido cardíaco.

Cuando el corazón se contrae y expulsa sangre, la aorta se distiende y absorbe parte de esa energía. Posteriormente, durante la relajación del corazón, vuelve progresivamente a su tamaño original y ayuda a mantener el flujo y la presión durante la diástole.

Con el envejecimiento y determinadas enfermedades, las grandes arterias se vuelven más rígidas y pierden parte de esta capacidad de expansión.

Como consecuencia, cada contracción del corazón provoca un aumento mayor de la presión sistólica, ya que una mayor parte de la energía de la eyección se transmite directamente como un aumento de la presión. Al mismo tiempo, el retroceso elástico durante la diástole disminuye, reduciendo el mantenimiento de la presión durante esta fase.

El resultado típico es una presión sistólica más alta, una presión diastólica normal o incluso más baja y un aumento de la presión de pulso. Este mecanismo ayuda a explicar la hipertensión sistólica aislada, una situación muy frecuente en las personas mayores.

¿Cuál es la principal causa mecánica de la hipertensión?

No existe una única respuesta válida para todos los pacientes.

En algunas personas existe una mayor tendencia a la retención de sodio y agua. En otras, predomina el aumento de la resistencia de las pequeñas arterias. Con el envejecimiento, la pérdida de elasticidad de las grandes arterias también adquiere importancia. Las alteraciones renales, hormonales, nerviosas y vasculares suelen participar al mismo tiempo.

Por este motivo, la hipertensión arterial debe entenderse como una alteración del sistema que regula la presión, y no simplemente como un exceso de sangre dentro de las arterias o un estrechamiento de los vasos sanguíneos.

Los mecanismos descritos hasta aquí explican cómo aumenta la presión. La siguiente cuestión es comprender por qué estos mecanismos se alteran. Es en este punto donde dividimos la hipertensión en primaria y secundaria.

Causas y factores de riesgo de la hipertensión arterial

La hipertensión puede dividirse en dos grandes grupos: hipertensión primaria e hipertensión secundaria.

La diferencia entre ambas está en el origen del problema.

En la hipertensión primaria no existe una única enfermedad responsable de la presión arterial alta. Diversos factores actúan a lo largo de los años sobre los mecanismos que regulan la presión.

En la hipertensión secundaria, por el contrario, existe una enfermedad, medicamento u otra afección identificable que desempeña un papel importante en la elevación de la presión arterial.

Hipertensión primaria

La hipertensión primaria, también llamada hipertensión esencial, corresponde a la gran mayoría de los casos.

Esto no significa que aparezca «sin causa». Significa que no existe una única enfermedad que pueda señalarse como responsable de la hipertensión.

Lo que ocurre es una combinación de predisposición genética, envejecimiento, hábitos de vida y factores ambientales y metabólicos que, con el paso del tiempo, altera los mecanismos de control de la presión arterial.

Por ejemplo, una persona genéticamente predispuesta puede presentar una mayor sensibilidad a la sal, mayor tendencia a la retención de sodio por los riñones, mayor actividad de los sistemas que contraen los vasos sanguíneos o alteraciones progresivas de la pared de las arterias. El exceso de peso, el sedentarismo y una alimentación inadecuada pueden potenciar estos mecanismos.

En otras palabras, los factores de riesgo no actúan todos de la misma manera, pero acaban convergiendo en los mecanismos explicados anteriormente: mayor retención de sodio y agua, aumento de la resistencia vascular, alteraciones hormonales y nerviosas y pérdida de elasticidad de las arterias.

Entre los principales factores asociados al desarrollo de hipertensión primaria se encuentran:

  • Antecedentes familiares de hipertensión.
  • Predisposición genética.
  • Edad avanzada.
  • Sobrepeso y obesidad.
  • Consumo excesivo de sal.
  • Alimentación poco saludable.
  • Baja ingesta de alimentos ricos en potasio.
  • Sedentarismo.
  • Consumo excesivo de bebidas alcohólicas.
  • Factores sociales y ambientales que dificultan una alimentación saludable, la práctica regular de actividad física y un acceso adecuado a la atención sanitaria.

Tener uno o más de estos factores no significa que una persona vaya necesariamente a desarrollar hipertensión. Simplemente aumentan la probabilidad de que los mecanismos de regulación de la presión se vuelvan inadecuados con el paso del tiempo.

El tabaquismo, la diabetes y el colesterol elevado también merecen mucha atención en las personas con hipertensión, pero no deben presentarse simplemente como causas directas de la presión arterial alta. Estas afecciones suelen coexistir con la hipertensión y, cuando están presentes, aumentan todavía más el riesgo de infarto, ACV y otras complicaciones cardiovasculares.

Hipertensión secundaria

La hipertensión secundaria se produce cuando existe una enfermedad, un medicamento u otra afección identificable responsable, al menos en gran medida, de la elevación de la presión arterial.

La diferencia es importante porque, en estos casos, no basta con reducir la presión mediante medicamentos. Siempre que sea posible, también es necesario identificar y tratar la causa.

Un ejemplo sencillo es el hiperaldosteronismo primario. En esta enfermedad, las glándulas suprarrenales producen un exceso de aldosterona. Esta hormona hace que los riñones retengan más sodio y agua, favoreciendo la elevación de la presión arterial.

En la estenosis de la arteria renal, una o ambas arterias que llevan sangre a los riñones están estrechadas. El riñón afectado comienza a recibir menos sangre e interpreta esta disminución como si la presión arterial del organismo estuviera baja.

Como respuesta, libera renina, iniciando una secuencia hormonal que aumenta la producción de angiotensina II y aldosterona. La angiotensina II contrae los vasos sanguíneos, mientras que la aldosterona hace que los riñones retengan más sodio y agua.

El resultado es una combinación de mayor resistencia vascular y mayor volumen circulante, lo que eleva la presión arterial.

En la apnea obstructiva del sueño, los episodios repetidos de interrupción de la respiración durante la noche estimulan el sistema nervioso simpático y otros mecanismos capaces de elevar la presión.

Es decir, las causas de la hipertensión secundaria son diferentes, pero muchas veces terminan elevando la presión mediante los mismos mecanismos descritos en la sección anterior.

Entre las causas más importantes se encuentran:

  • Enfermedades de los riñones, que pueden alterar el control del sodio, el agua y las hormonas que regulan la presión.
  • Hiperaldosteronismo primario, causado por la producción excesiva de aldosterona.
  • Apnea obstructiva del sueño.
  • Estrechamiento de las arterias renales, denominado hipertensión renovascular.
  • Enfermedades de la tiroides.
  • Síndrome de Cushing, caracterizado por un exceso de cortisol.
  • Feocromocitoma, un tumor poco frecuente que puede producir grandes cantidades de hormonas similares a la adrenalina.
  • Coartación de la aorta, una alteración congénita que provoca el estrechamiento de una región de la aorta.
  • Medicamentos y otras sustancias capaces de elevar la presión arterial, como los antiinflamatorios no esteroideos, los corticoides, los descongestionantes nasales u orales con acción vasoconstrictora, los anticonceptivos hormonales que contienen estrógenos, los estimulantes, la ciclosporina y el tacrolimus, además de drogas como la cocaína y las anfetaminas.

La posibilidad de una hipertensión secundaria debe considerarse especialmente cuando la presión:

  • Aparece en una persona muy joven.
  • Surge de forma brusca.
  • Alcanza valores muy elevados.
  • Empeora rápidamente después de un período de buen control.
  • Permanece por encima del objetivo a pesar del uso adecuado de varios medicamentos.
  • Se acompaña de alteraciones en los análisis o síntomas sugestivos de una enfermedad específica.

Identificar una causa secundaria puede cambiar significativamente el tratamiento. Cuando la enfermedad responsable puede corregirse, la presión arterial suele ser más fácil de controlar y, en algunos casos, incluso puede volver a valores normales sin necesidad permanente de medicamentos antihipertensivos.

¿Cómo se diagnostica la hipertensión arterial?

La presión arterial varía de forma natural a lo largo del día y puede aumentar temporalmente por diversos motivos, como estrés, ansiedad, dolor, ejercicio físico reciente, consumo de cafeína o alcohol, tabaquismo, falta de reposo antes de la medición y errores en la técnica de medición.

Por este motivo, el diagnóstico de hipertensión busca demostrar que existe una elevación persistente de la presión arterial y no simplemente un pico ocasional.

En general, cuando la presión medida en la consulta es igual o superior a 140/90 mmHg, el resultado debe confirmarse mediante nuevas mediciones realizadas correctamente en diferentes ocasiones o mediante métodos de evaluación fuera de la consulta, como mediciones domiciliarias estandarizadas o una MAPA.

Por lo tanto, encontrar una presión de 140/90 o 150/90 mmHg en una única ocasión generalmente no es suficiente para establecer el diagnóstico de hipertensión. Del mismo modo, una única medición normal en la consulta no descarta la enfermedad, ya que algunas personas presentan una presión elevada solamente fuera del entorno médico.

Existen excepciones. Cuando los valores son muy elevados o existen signos de lesión aguda de órganos, la evaluación debe realizarse con mayor rapidez y no se debe simplemente esperar a obtener nuevas mediciones a lo largo de varios días o semanas.

MAPA y medición de la presión arterial en casa

Medir la presión fuera de la consulta ayuda a confirmar el diagnóstico y permite identificar situaciones que pueden pasar inadvertidas durante las consultas médicas.

La MAPA —monitorización o monitoreo ambulatorio de la presión arterial— utiliza un dispositivo que permanece colocado en el brazo durante unas 24 horas.

El equipo mide automáticamente la presión varias veces mientras la persona realiza sus actividades habituales y también durante el sueño.

La MAPA permite evaluar:

  • La presión media durante 24 horas.
  • La presión durante el período de vigilia.
  • La presión durante el sueño.
  • Hipertensión de bata blanca.
  • Hipertensión enmascarada.
  • Comportamiento de la presión durante la noche.
  • Eficacia del tratamiento antihipertensivo.

La presión también puede evaluarse mediante mediciones estandarizadas realizadas en casa.

Cuando estas mediciones siguen un protocolo definido, con varias mediciones realizadas durante algunos días, proporcionan una estimación mucho más fiable de la presión habitual que una medición ocasional.

Este tipo de evaluación suele denominarse automedida de la presión arterial (AMPA) o, simplemente, medición domiciliaria de la presión arterial.

Lo importante es comprender que no se trata de medir la presión una única vez cuando aparece dolor de cabeza, mareo o malestar. Para ayudar al diagnóstico, son necesarias varias mediciones realizadas correctamente y en condiciones estandarizadas.

¿Qué valores indican presión arterial alta en la MAPA y en las mediciones domiciliarias?

Los valores utilizados fuera de la consulta pueden ser diferentes de los utilizados durante una consulta médica.

En la MAPA se consideran elevados, de forma general:

Período evaluadoPresión considerada elevada
Media de 24 horas≥ 130/80 mmHg
Período de vigilia≥ 135/85 mmHg
Durante el sueño≥ 120/70 mmHg

En las mediciones domiciliarias, muchas guías utilizan una media de 135/85 mmHg o más como equivalente aproximado a una presión de 140/90 mmHg medida en la consulta. Sin embargo, algunos protocolos adoptan límites más bajos. Por este motivo, el resultado debe interpretarse de acuerdo con el método y el protocolo empleados.

La interpretación de la MAPA tampoco se realiza simplemente contando cuántas mediciones estuvieron por encima de lo normal. Lo más importante es analizar las medias de presión en los diferentes períodos, además del comportamiento de la presión durante el día y durante el sueño.

¿Qué valores de presión arterial se consideran normales?

No existe una clasificación completamente universal para todos los valores de presión arterial inferiores a 140/90 mmHg.

La Organización Mundial de la Salud y muchas guías internacionales mantienen 140/90 mmHg como el límite utilizado para diagnosticar hipertensión en la consulta. Sin embargo, algunas guías emplean categorías adicionales para identificar a las personas cuya presión todavía no alcanza ese límite, pero ya está por encima del intervalo considerado óptimo.

Las guías europeas actuales, por ejemplo, denominan presión arterial elevada a los valores de 120–139 mmHg de presión sistólica o 70–89 mmHg de presión diastólica, manteniendo el diagnóstico de hipertensión a partir de 140/90 mmHg. Otras guías utilizan clasificaciones diferentes e incluso consideran hipertensión a partir de 130/80 mmHg.

En la práctica, el mensaje más importante es el mismo: el riesgo cardiovascular aumenta progresivamente a medida que aumenta la presión arterial, incluso antes de alcanzar el límite utilizado para diagnosticar hipertensión. Por este motivo, los valores por encima del intervalo óptimo ya justifican una mayor atención a los hábitos de vida y a los demás factores de riesgo cardiovascular.

Algunos ejemplos ayudan a entenderlo:

  • 110/60 mmHg: no es hipertensión y se encuentra dentro de un intervalo adecuado.
  • 120/80 mmHg: no cumple el criterio de hipertensión de 140/90 mmHg, pero ya está por encima de los valores considerados óptimos en algunas clasificaciones.
  • 130/80 mmHg: tampoco cumple el criterio de hipertensión de 140/90 mmHg, aunque se encuentra por encima del intervalo óptimo y algunas guías lo clasifican de manera diferente.
  • 130/90 mmHg: se encuentra en el intervalo de hipertensión porque la presión diastólica ha alcanzado los 90 mmHg.
  • 140/80 mmHg: se encuentra en el intervalo de hipertensión porque la presión sistólica ha alcanzado los 140 mmHg.
  • 140/90 mmHg: se encuentra en el intervalo de hipertensión.

Como muestran los ejemplos de 130/90 y 140/80 mmHg, no es necesario que la presión sistólica y la diastólica estén elevadas al mismo tiempo. Si solamente una de ellas alcanza el intervalo de hipertensión, la medición ya se considera elevada.

Es importante recordar que encontrarse en el intervalo de hipertensión en una única medición no significa necesariamente tener ya el diagnóstico de la enfermedad. En la mayoría de los casos es necesario confirmar que la elevación es persistente mediante nuevas mediciones o mediante mediciones realizadas fuera de la consulta.

Para saber más, lea: Valores normales de la presión arterial.

Hipertensión de bata blanca

La hipertensión de bata blanca se produce cuando la presión arterial está elevada en la consulta, pero permanece normal cuando se mide adecuadamente fuera de ella, mediante MAPA o mediciones domiciliarias.

El nombre se debe a que algunas personas presentan una elevación transitoria de la presión durante la consulta médica. La ansiedad, la tensión o simplemente la reacción al entorno sanitario pueden contribuir a este aumento, incluso cuando el paciente no se percibe especialmente nervioso.

Por este motivo, cuando la presión está repetidamente elevada en la consulta, pero existen dudas sobre si permanece alta en la vida cotidiana, la medición fuera del entorno médico es importante para confirmar el diagnóstico y evitar tratamientos innecesarios.

Sin embargo, la hipertensión de bata blanca no es un hallazgo que deba simplemente ignorarse. Estas personas tienen una mayor probabilidad de desarrollar hipertensión sostenida con el paso del tiempo y deben mantener un seguimiento periódico de la presión, además de cuidar el peso, la alimentación, la actividad física y otros factores de riesgo cardiovascular.

Hipertensión enmascarada

La hipertensión enmascarada es lo contrario de la hipertensión de bata blanca: la presión parece normal durante la consulta médica, pero está elevada cuando se mide fuera de ella, en casa o durante las actividades habituales.

Esta situación merece atención porque puede dar la falsa impresión de que la presión es normal, retrasando el diagnóstico y el tratamiento.

La hipertensión enmascarada es especialmente relevante en las personas con mayor riesgo cardiovascular o cuando existen signos de lesiones provocadas por la presión alta a pesar de obtenerse valores normales en la consulta.

En estas situaciones, la evaluación fuera del entorno médico mediante MAPA o mediciones domiciliarias estandarizadas ayuda a confirmar el diagnóstico.

Cuando se identifica, la hipertensión enmascarada no debe considerarse un hallazgo benigno, ya que está asociada a un mayor riesgo de complicaciones cardiovasculares y de daño en los órganos diana.

¿Qué pruebas se realizan después del diagnóstico?

Confirmar que una persona tiene hipertensión es solamente una parte de la evaluación.

Después del diagnóstico, el médico intenta responder a tres preguntas principales:

  1. ¿Existen otros factores que aumenten el riesgo cardiovascular?
  2. ¿La hipertensión ya ha provocado lesiones en los riñones, el corazón, los vasos sanguíneos u otros órganos?
  3. ¿Existe alguna enfermedad específica que pueda estar causando la hipertensión?

La evaluación inicial suele incluir pruebas como:

La medición de la creatinina, la estimación de la tasa de filtración glomerular, la evaluación de la albuminuria y la búsqueda de alteraciones cardíacas forman parte habitual de la investigación de posibles daños en órganos diana causados por la hipertensión.

Otras pruebas, como un ecocardiograma, una ecografía renal, estudios de las arterias renales, pruebas hormonales o un examen del fondo de ojo, pueden solicitarse en función de los hallazgos iniciales, la edad, la gravedad de la hipertensión y la sospecha de alguna causa secundaria.

¿La presión arterial elevada provoca síntomas?

Uno de los principales problemas de la hipertensión arterial es que generalmente no provoca síntomas, incluso cuando permanece elevada durante años.

No existe un síntoma típico que permita saber si la presión está normal o alta sin medirla realmente.

Pensar que es posible adivinar si la presión está elevada basándose en la presencia o ausencia de síntomas como dolor de cabeza, cansancio, dolor en la nuca, dolor ocular, sensación de pesadez en las piernas, mareos o palpitaciones es un error muy frecuente.

Una persona que no suele medirse la presión porque se encuentra bien puede perfectamente tener hipertensión y no saberlo.

Del mismo modo, alguien que ya sabe que tiene hipertensión puede tener la falsa impresión de que la enfermedad está controlada simplemente porque no presenta síntomas.

No existe una forma fiable de evaluar la presión arterial sin medirla con un dispositivo adecuado.

Algunas personas realmente presentan dolor de cabeza, malestar u otros síntomas cuando la presión aumenta mucho. Sin embargo, esto no convierte estos síntomas en un indicador fiable.

Además, la relación puede producirse en sentido inverso: el dolor, la ansiedad y el malestar también pueden elevar temporalmente la presión arterial.

Por lo tanto, cuando una persona presenta dolor de cabeza y presión elevada al mismo tiempo, no siempre es posible afirmar que el dolor haya sido causado por la hipertensión.

Para saber más, lea: Síntomas de la hipertensión arterial.

¿Con qué frecuencia debemos medir la presión arterial?

Como la hipertensión suele ser asintomática, la presión debe medirse periódicamente incluso en personas aparentemente sanas.

No existe un intervalo único de medición recomendado para todos los adultos por todas las organizaciones internacionales. La frecuencia depende principalmente de la edad, los valores obtenidos previamente y la presencia de factores de riesgo cardiovascular.

Como orientación práctica, los adultos jóvenes con valores normales y sin factores de riesgo pueden necesitar controles menos frecuentes, mientras que las personas a partir de los 40 años o con presión previamente elevada, antecedentes familiares de hipertensión, exceso de peso, diabetes, enfermedad cardiovascular, enfermedad renal u otros factores de riesgo suelen necesitar mediciones más frecuentes, a menudo al menos una vez al año.

Para quienes ya tienen un diagnóstico de hipertensión, no existe una frecuencia domiciliaria única que sea adecuada para todos.

La necesidad de medir la presión en casa depende del grado de control, los medicamentos utilizados, los cambios recientes en el tratamiento y las demás condiciones clínicas.

Los tensiómetros automáticos de brazo son adecuados para uso domiciliario, siempre que sean modelos clínicamente validados y cuenten con un manguito de tamaño compatible con el brazo de la persona.

Complicaciones de la hipertensión arterial

La hipertensión mal controlada puede provocar lesiones progresivas en los vasos sanguíneos y en diversos órganos. El riesgo aumenta cuanto mayores son los valores de presión y cuanto más tiempo permanece elevada sin un tratamiento adecuado.

Entre las principales complicaciones se encuentran:

Un aspecto importante es que estas alteraciones en órganos importantes pueden comenzar antes de que aparezcan síntomas. La albuminuria, la disminución de la función renal, la hipertrofia del ventrículo izquierdo y las alteraciones de la retina son ejemplos de lesiones que pueden detectarse durante la evaluación de una persona con hipertensión.

Por este motivo, el objetivo del tratamiento no es simplemente reducir las cifras que muestra el tensiómetro. El principal beneficio consiste en disminuir el riesgo de lesiones permanentes en el corazón, el cerebro, los riñones, los ojos y los vasos sanguíneos.

¿Las lesiones causadas por la hipertensión son reversibles?

Depende del tipo y de la gravedad de la lesión.

Algunas alteraciones iniciales, como la albuminuria y la hipertrofia ventricular izquierda, pueden disminuir cuando la presión arterial se controla adecuadamente.

Sin embargo, las lesiones ya establecidas, como un ACV, una pérdida importante de función renal o determinados daños en el corazón, el cerebro o la retina, pueden ser permanentes.

Por este motivo, el mejor momento para controlar la hipertensión es antes de que aparezcan las complicaciones y no solamente cuando estas empiezan a provocar síntomas.

Crisis hipertensiva: ¿cuándo la presión alta es una emergencia?

Una elevación muy importante de la presión requiere una evaluación cuidadosa, pero el valor mostrado por el tensiómetro, por sí solo, no define una emergencia hipertensiva.

Valores alrededor de 180 mmHg de presión sistólica o más, especialmente cuando la presión diastólica también está muy elevada, deben tomarse en serio. Sin embargo, la gravedad depende principalmente de la presencia o ausencia de una lesión aguda de órganos y no exclusivamente de una cifra determinada.

Emergencia hipertensiva

La emergencia hipertensiva se produce cuando una elevación importante de la presión arterial está acompañada de una lesión aguda y progresiva de algún órgano, como el cerebro, el corazón, la aorta, los riñones o la retina. Por lo tanto, no es solamente el valor de la presión lo que define la emergencia, sino principalmente lo que esta elevación está provocando en el organismo.

Entre las principales situaciones asociadas se encuentran:

  • ACV o encefalopatía hipertensiva.
  • Infarto u otro síndrome coronario agudo.
  • Edema agudo de pulmón.
  • Disección de aorta.
  • Insuficiencia renal aguda.
  • Retinopatía hipertensiva grave.
  • Preeclampsia o eclampsia.

En estas situaciones es necesaria una evaluación hospitalaria inmediata, ya que la presión debe reducirse de forma controlada mientras se identifica y trata la complicación responsable de la emergencia.

Presión muy alta sin daño agudo de órganos

Una persona puede presentar una presión de 180/110 mmHg, 190/110 mmHg o incluso más elevada sin encontrarse ante una emergencia hipertensiva.

En estos casos, a pesar de que la presión está muy alta, no existen signos de lesión aguda y progresiva de órganos como el cerebro, el corazón, los riñones o la aorta. Esta situación se denominaba tradicionalmente urgencia hipertensiva, pero actualmente muchas guías prefieren expresiones como elevación importante o hipertensión grave sin daño agudo de órganos diana (también llamados órganos blanco).

La conducta es diferente de la que se adopta ante una emergencia hipertensiva. La presión no necesita reducirse en pocos minutos u horas y no debe bajarse bruscamente por cuenta propia, ya que una disminución excesivamente rápida puede reducir el flujo sanguíneo hacia órganos importantes. En general, el tratamiento se ajusta con medicamentos por vía oral y se realiza un seguimiento médico precoz.

¿Qué hacer si la presión es de 180/110 mmHg o más?

Si una medición en casa muestra una presión igual o superior a 180/110 mmHg, la primera medida es repetir correctamente la medición después de unos minutos de reposo, principalmente si la persona está ansiosa, tiene dolor o acaba de realizar un esfuerzo físico.

Si la presión permanece muy elevada, es recomendable buscar orientación médica para evaluar la causa de la elevación, confirmar que realmente no existe daño agudo de órganos y ajustar el tratamiento cuando sea necesario.

Si junto con una presión muy alta aparecen dolor en el pecho, dificultad respiratoria importante, pérdida de fuerza, dificultad para hablar, confusión mental, convulsiones, alteración del nivel de conciencia, dolor súbito e intenso en el pecho o la espalda o una alteración visual aguda, la evaluación debe ser inmediata en un servicio de urgencias.

Por lo tanto, una presión de 180/110 mmHg es un valor importante y no debe ignorarse, pero no significa automáticamente que exista una emergencia hipertensiva. Lo que diferencia una emergencia es principalmente la presencia de daño agudo de órganos y no solamente la cifra mostrada por el tensiómetro.

¿Cómo se trata la hipertensión arterial?

El tratamiento de la hipertensión tiene como principal objetivo reducir a largo plazo el riesgo de ACV, infarto, insuficiencia cardíaca, enfermedad renal y otras complicaciones cardiovasculares.

Combina cambios en el estilo de vida y, cuando están indicados, medicamentos antihipertensivos.

Cambios en el estilo de vida

Las medidas no farmacológicas son importantes tanto para las personas que ya tienen hipertensión como para aquellas cuya presión está por encima del intervalo óptimo, pero todavía no ha alcanzado el límite de 140/90 mmHg.

Las principales medidas incluyen:

  • Perder peso cuando existe sobrepeso u obesidad.
  • Reducir el consumo de sal.
  • Priorizar frutas, verduras, hortalizas, legumbres y cereales integrales.
  • Reducir el consumo de alimentos ultraprocesados.
  • Practicar actividad física regularmente.
  • Reducir el comportamiento sedentario.
  • Limitar el consumo de bebidas alcohólicas.
  • No fumar.
  • Mantener una ingesta adecuada de potasio a través de la alimentación cuando no exista ninguna contraindicación.
  • Tratar afecciones asociadas, como la apnea obstructiva del sueño.

La Organización Mundial de la Salud recomienda limitar la ingesta de sodio a menos de 2 gramos al día, lo que equivale aproximadamente a 5 gramos de sal, es decir, alrededor de una cucharadita rasa, teniendo en cuenta toda la sal presente en los alimentos consumidos durante el día.

Es importante recordar que la mayor parte del sodio de la alimentación no procede necesariamente de la sal añadida en la mesa.

Los embutidos, las comidas preparadas, las sopas instantáneas, los aperitivos salados, las salsas, los condimentos industriales y diversos alimentos ultraprocesados pueden contener grandes cantidades de sodio.

En cuanto a la alimentación en su conjunto, tanto el patrón DASH como la dieta mediterránea son buenas referencias de alimentación saludable para las personas con presión arterial elevada.

Ambos patrones alimentarios dan prioridad a las frutas, verduras y hortalizas, legumbres, cereales integrales y otros alimentos poco procesados, y limitan el exceso de sal y productos ultraprocesados.

En cuanto a la actividad física, un objetivo práctico para la mayoría de los adultos es realizar al menos 150 minutos semanales de ejercicio aeróbico de intensidad moderada o 75 minutos de actividad vigorosa, además de ejercicios de fortalecimiento muscular al menos dos días por semana cuando sea posible.

Estas medidas no deben considerarse un tratamiento de poca importancia.

La combinación de una alimentación adecuada y ejercicio puede producir una reducción clínicamente significativa de la presión arterial y también mejorar otros factores de riesgo cardiovascular.

¿Cuándo es necesario tomar medicamentos para la hipertensión?

Para la mayoría de las personas con hipertensión confirmada, es decir, con una presión persistentemente igual o superior a 140/90 mmHg, el tratamiento incluye medicamentos antihipertensivos asociados a cambios en el estilo de vida. La OMS utiliza este nivel como umbral general para iniciar tratamiento farmacológico en adultos con hipertensión confirmada.

Esto significa que no siempre es necesario pasar varios meses intentando controlar la presión únicamente mediante dieta, ejercicio y reducción de la sal antes de iniciar el tratamiento farmacológico.

Cuando la presión todavía está por debajo de 140/90 mmHg, la indicación de medicamentos depende principalmente del riesgo cardiovascular global y de las enfermedades asociadas.

Algunas guías recomiendan considerar el tratamiento farmacológico en personas con valores a partir de aproximadamente 130/80 mmHg cuando presentan un riesgo cardiovascular elevado, enfermedad cardiovascular establecida u otras condiciones que aumentan considerablemente el riesgo de complicaciones.

Estos criterios sirven como orientación general. La decisión también debe tener en cuenta la edad, la presencia de enfermedad cardiovascular, diabetes o enfermedad renal, la fragilidad, el riesgo de hipotensión, otros medicamentos utilizados y la tolerancia al tratamiento.

¿Cuál es el objetivo de presión arterial durante el tratamiento?

Para la mayoría de las personas que ya reciben tratamiento para la hipertensión, limitarse a mantener la presión por debajo de 140/90 mmHg puede no ser el objetivo ideal.

Sin embargo, no todas las guías internacionales establecen exactamente la misma meta.

La OMS considera como objetivo general una presión inferior a 140/90 mmHg y recomienda metas inferiores a 130/80 mmHg en personas con enfermedad cardiovascular, diabetes, enfermedad renal crónica o riesgo cardiovascular elevado.

Las guías europeas de 2024 son más intensivas y proponen, para la mayoría de los pacientes que reciben medicamentos antihipertensivos, una presión sistólica de entre 120 y 129 mmHg, siempre que el tratamiento sea bien tolerado.

En la práctica, el objetivo debe individualizarse según las características del paciente y la guía utilizada, evitando provocar mareos, desmayos, caídas u otros efectos adversos relacionados con una presión excesivamente baja.

La meta también necesita especial individualización en personas muy frágiles, pacientes con hipotensión al ponerse de pie y aquellos que desarrollan síntomas cuando la presión se reduce de forma más intensa.

Por lo tanto, el objetivo del tratamiento no consiste en alcanzar una determinada cifra a cualquier precio, sino en reducir al máximo el riesgo de ACV, infarto, insuficiencia cardíaca y enfermedad renal manteniendo una buena tolerancia al tratamiento.

Si la hipertensión comienza en 140/90, ¿por qué el tratamiento puede intentar reducir la presión a menos de 130/80?

Porque el criterio utilizado para diagnosticar una enfermedad no tiene por qué ser igual al objetivo utilizado una vez que esta enfermedad está siendo tratada.

El límite de 140/90 mmHg sigue siendo ampliamente utilizado para definir hipertensión en la consulta médica.

Sin embargo, una vez diagnosticada la hipertensión, reducir la presión hasta niveles inferiores puede proporcionar una mayor protección cardiovascular en muchos pacientes que toleran bien el tratamiento.

Por este motivo, algunas recomendaciones actuales establecen objetivos inferiores al límite utilizado para el diagnóstico.

Si mi presión se ha normalizado, ¿puedo dejar de tomar el medicamento?

En la gran mayoría de los casos, no. Una de las causas frecuentes de pérdida del control de la hipertensión es que el paciente suspenda los medicamentos porque ha observado que su presión ha vuelto a valores normales.

A menudo, la presión es normal precisamente porque el tratamiento está funcionando. Al interrumpir el medicamento, puede volver a aumentar.

En algunos pacientes que pierden mucho peso o realizan cambios importantes y sostenidos en su estilo de vida, puede ser posible reducir las dosis o incluso retirar algunos medicamentos.

Sin embargo, esta decisión debe tomarse bajo seguimiento médico y con monitorización de la presión arterial.

Medicamentos para la hipertensión arterial

Existen varias clases de medicamentos capaces de reducir la presión arterial. La elección depende no solamente del valor de la presión, sino también de la edad, la presencia de otras enfermedades, la función renal, el riesgo cardiovascular, los posibles efectos adversos y el uso de otros medicamentos.

Las principales clases utilizadas en el tratamiento inicial de la hipertensión son:

  • Diuréticos tiazídicos o similares a las tiazidas, como hidroclorotiazida, clortalidona e indapamida.
  • Inhibidores de la enzima convertidora de angiotensina (IECA), como enalapril, lisinopril, ramipril y captopril.
  • Antagonistas de los receptores de la angiotensina II (ARA-II), como losartán, valsartán, candesartán y olmesartán.
  • Bloqueadores de los canales de calcio, como amlodipino, nifedipino y felodipino.

Estas clases forman parte de las principales opciones recomendadas internacionalmente para el tratamiento de la hipertensión.

Los betabloqueantes también son importantes, pero suelen preferirse cuando existe una indicación adicional para utilizarlos, como enfermedad coronaria, infarto previo, insuficiencia cardíaca o determinadas arritmias.

Muchos pacientes necesitan más de un medicamento para alcanzar el objetivo de presión arterial. Por este motivo, en una gran parte de las personas con hipertensión el tratamiento puede comenzar directamente con dos medicamentos de clases diferentes a dosis bajas, preferiblemente combinados en un único comprimido cuando esta presentación esté disponible. La terapia combinada facilita el control de la presión y permite actuar simultáneamente sobre diferentes mecanismos que participan en la hipertensión.

Esto no significa necesariamente que la hipertensión sea grave. Como la presión arterial está regulada por varios mecanismos, la combinación de dosis menores de dos medicamentos puede ser más eficaz y mejor tolerada que aumentar mucho la dosis de uno solo.

Sin embargo, en algunas situaciones puede ser más apropiado comenzar con un único medicamento, como en pacientes con una elevación leve de la presión y bajo riesgo cardiovascular, personas muy mayores o frágiles e individuos con mayor riesgo de hipotensión.

Una combinación que debe evitarse es el uso simultáneo de un IECA y un ARA-II, ya que bloquear el mismo sistema mediante estas dos vías no aumenta el beneficio cardiovascular o renal y eleva el riesgo de efectos adversos.

Después de iniciar el tratamiento, las dosis y las combinaciones pueden ajustarse progresivamente hasta que la presión alcance el objetivo con una buena tolerancia.

Cuando la presión permanece por encima del objetivo a pesar del uso correcto de varios medicamentos, es necesario evaluar si el paciente toma los fármacos regularmente, si la presión se está midiendo correctamente, si existen medicamentos o sustancias que la estén elevando y si existe alguna causa secundaria. En algunos casos puede tratarse de hipertensión arterial resistente. La evaluación de la adherencia, las causas secundarias y la necesidad de ajustar el tratamiento forma parte del abordaje recomendado en las guías actuales.


book Referencias bibliográficas
  • World Health Organization. Hypertension. Fact sheet, actualización de 2025.
  • World Health Organization. Guideline for the pharmacological treatment of hypertension in adults.
  • Pan American Health Organization. HEARTS in the Americas.
  • European Society of Cardiology. 2024 ESC Guidelines for the Management of Elevated Blood Pressure and Hypertension.
  • High Blood Pressure in Adults: Screening – U.S. Preventive Services Task Force.
  • Overview of hypertension in adults – UpToDate.
  • Hypertension in adults: Initial management – UpToDate.


Dudas de los lectores sobre este tema

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Más comentarios de los lectores

  1. Aris Visión México

    ¡Muchas gracias por la información de este artículo! Resalta la importancia de consultas periódicas con los proveedores de salud ya que la presencia de esta y otras enfermedades no serán notorias a simple vista, los órganos diana están en exposición y es nuestro deber velar por su bienestar.

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